Dejar de existir también es ganar.

Dejar de existir también es ganar.
Cuando nacemos no sabemos cómo será el futuro, cuando dejamos este mundo si conocemos nuestro destino.
Muchos en medio de una enfermedad incurable o un diagnostico definitivo, clamamos a Dios por un milagro. Hacemos todo lo que se supone se debe hacer para  tocar el corazón de Dios y que desaparezca de manera milagrosa  esa fatalidad que se aproxima.
En ocasiones hemos sido testigos de sus milagros, pero  muchas veces el milagro no llega, nuestros seres amados  parten a su presciencia, y no comprendemos por qué, ya que tuvimos fe, pero pareció no ser suficiente.
Cuando Dios no  hace un milagro, no es que nos haya dado la espalda, es sencillamente que sus planes no se alinean a  los que teníamos en mente.
Cuando el milagro no ocurre, quien parte a su presencia  ha  ganado, porque si bien no venció la enfermedad, la misma fue su boleto de salida a su morada eterna. Ya no habrá más quimioterapias  o tratamientos dolorosos porque llegó su momento de escuchar las anheladas palabras “Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu señor.” (parafraseado)
Este desenlace fatal a los que quedamos, nos hace comprender que vale más el día en que partimos de este mundo, porque quien se ha arrepentido de sus pecados y reconoce a Jesucristo como su Señor y Salvador, ha sido salvado y  sabe que lleva boleto directo a su presencia, y  es así como nos damos cuenta que quién partió ganó al dejar de existir.
Si ante una muerte inminente Dios hace el milagro y nos sana, ganamos ya que nos libéranos del dolor que invade nuestro cuerpo,  y continuamos  nuestra vida.
Si ante la muerte Dios decide NO sanarnos, igual ganamos porque al cerrar nuestros ojos acá en la tierra, vamos directo a su presencia.
Es triste ver partir a un ser amado, claro que sí, pero es aun más triste ver que se haya  marchado sin esperanza, por eso, si tú conoces del Señor, comparte la buena noticia del evangelio, con aquel que necesita ser rescatado del pecado.
Si ya conoces al Señor felicitaciones,   ya sabes en donde pasaras la eternidad, si aun no lo has aceptado como tu Señor y Salvador, este es tu momento.  Dile “Señor Jesús, reconozco que te he fallado, te pido perdón por mis pecados y te reconozco como mi Señor y Salvador, tómame en tus manos y ayúdame a caminar contigo desde hoy hasta la eternidad”.

El te ama así como estas en este momento, desea con su amor, limpiarte, sanar tu alma y luego de un proceso en sus manos, transformarte paso a paso, así  ya sea que  sanes o partas de este mundo,  no te pierdas la morada que él menciono  cuando dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros”

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